Luces y Sombras del Primer Amor
Corrían los comienzos del internet, y tú eras tan solo una chica de 17 años, saliendo de la burbuja de tu hogar, sin conocer el mundo. Creías que todos eran nobles, inocentes y con buenas intenciones, igual que tú. Ese día, tú y tu hermana decidieron retomar una de sus tantas actividades favoritas: ir al cine y luego a un café internet. Como de costumbre, entraste al chat de latinos a ver con quién te encontrabas, con quién hablabas, a quién conocías. Tú y esa curiosidad insaciable por saber más allá de todo, de cómo piensan las personas fuera de tu burbuja.
De repente, alguien llama tu atención. Dice vivir en tu misma ciudad, e incluso estar en el mismo centro comercial que tú. Intercambian números pero no deciden encontrarse. Te dejó intrigada, pensando en que nunca habías tenido una conversación así y deseando conocer a este chico.
Esa misma noche, te llamó. Todo lo que habías imaginado al leer sus mensajes se multiplicó por mil. Luego te confesó que te había engañado: mientras tú seguías en el café internet, él se levantó y te buscó, te observó sin que tú supieras. Te sorprendiste... ya sabía cómo eras físicamente, cómo te veías. Y aún así, decidió seguir hablando contigo, llamarte. Eso, a tu inseguridad, le hizo mucho bien. En aquel entonces no te sentías bonita ni única, no sabías lo increíble y grandiosa que eras.
Así comenzó la historia. Llamadas telefónicas casi diarias por un par de semanas, hasta que decidieron verse. Tu corazón latía con una fuerza desconocida, y cuando lo viste, no te fijaste en su físico. Solo sentías esa conexión, ese deseo de acercarte, de saber más, de gravitar en su misma órbita. Sus ojos te miraron y, desde ese momento, supiste que no serías la misma. Como una señal del universo, descubrieron que compartían la misma fecha de cumpleaños: mismo año, mismo mes, mismo día. "Esto no puede ser coincidencia", pensaste. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? Querías saberlo todo.
Empezaste a sentir necesidad de él, sin entender lo que sentías, sin saber lo que era o poder explicarlo. Cada día, cada etapa de su historia por siete años, te parecía tener sentido y propósito. Aún pensabas como una princesa de Disney, tan inocente, creyendo que te casarías con él, terminarían sus estudios, y tendrían todo lo que de niña te dijeron que debías soñar.
Pero a pesar de días enteros juntos, conociéndose, soñando juntos, entregándote una y otra vez, él nunca te escogió. Siempre que alguien nuevo llegaba a su vida, tú pasabas a segundo plano, eras postergada. No te ibas porque pensabas que todo lo que había pasado, todo ese tiempo, no podía ser casualidad, no podía ser por nada. Tenía que significar algo. Y así, mientras seguías tu vida, el sentimiento por él te seguía a todas partes, te carcomía por dentro, no te permitía disfrutar de tu vida al 1000%.
Hasta que un día, después de tocar su puerta y haber planeado unas vacaciones juntos, lo viste con tus propios ojos. Ahí empezaste a entender. Lo falsas que pueden ser las palabras, lo engañoso que puede ser el deseo. Cómo pasaste siete años de tu juventud enamorada y esperanzada, esperando que ese chico del chat te escogiera. Mientras, para él, fuiste un planeta más en su universo.
Ese día lo decidiste. Salió de tu vida para siempre y no miraste atrás. Habia quedado en tu vida como esa primera vez que tuviste esa sensación fuerte e inexplicable que te aprieta el pecho y que, por más que intentes, no hay nadie más en el universo que te entienda, que te conozca y que te haga sentir mejor que él.
Esta experiencia te enseñó que el amor puede ser un torbellino de emociones intensas y aprendizajes dolorosos. Decidiste proteger tu corazón y tu esencia, jurando no entregarte ni mostrar tu verdadero ser por miedo a otro dolor.
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